geranioCuando me fui de vacaciones, además de hacer las maletas, ordenar mis cuentas y cerrar la casa, tuve que despedirme de mis plantas. Estaban hermosas, pródigas en flores y nuevas hojas nacidas al calor de la rabiosa luz estival. 
Para compensar mis días de ausencia y la consiguiente falta de cuidados, eché mano de los trucos de la familia: coloqué debajo de cada maceta un recipiente profundo con agua. Resolví también retirarlas hacia un lugar más resguardado, aunque igual de iluminado, y ponerlas todas juntas, reunidas en un pequeño jardín artificial, como si la compañía del grupo las pudiera ayudar a pasar mejor las semanas de abandono. Aún así, antes de partir hacia el aeropuerto me despedí de ellas.
A medida que pasan los años soy cada vez más sensible a todas las formas de vida y me siento aun más responsable del maltrato del hombre a la naturaleza. De alguna manera, estoy recuperando el espíritu que tenía cuando era una niña y corría por las calles de mi barrio seguida por perros propios y callejeros para volver más tarde con algún pájaro herido o las piernas arañadas por mi incursión por el Montecito. O cuando me obligué a comer un trocito de cada hoja que arrancara al pasar debajo de los árboles, para quitarme una costumbre que consideraba detestable y cruel.
Volviendo al presente y a mi despedida de las plantas, les advierto que aún no es necesario alarmarse: fueron sólo unos segundos de sentimentalismo. Enseguida volvió la persona racional que prevalece en mí la mayor parte del tiempo y que suele aceptar lo inevitable con cierto estoicismo. Me iba de vacaciones con la certeza de que no había nada más que pudiera hacer (la alternativa de pedirle a alguien que pasara a regar mi florido balcón la había descartado mucho antes, por diversos motivos) y de que a mi regreso encontraría varias plantas muertas.
No estuve muy errada en el diagnóstico. Quince días después, entre el desparramo de hojas secas y flores marchitas encontré a un gran número de sobrevivientes, maltrechas y ya sin agua que beber, pero también unos cuantos cadáveres vegetales.
Todo, por no vivir en Pozuelo de Alarcón. El Ayuntamiento de este municipio situado al norte de Madrid ha pensado en vecinas que, como yo, desarrollan lazos estrechos con sus macetas y se ven tristemente obligadas a abandonarlas cuando se van de vacaciones y ha abierto una guardería de plantas. Allí se pueden dejar, al cuidado de expertos, hasta tres ejemplares, que son devueltos a su dueño al final de la temporada estival europea, en septiembre, tan lozanos como antes.
Incluso pueden que salgan de allí mejor que como entraron, pues la guardería funciona dentro del Hospital de Plantas de Pozuelo, el primero abierto en España.
El centro,  que recibe cientos de consultas cada año e ingresa unos 140 ejemplares, se ocupa de brindar asesoramiento, diagnóstico, tratamiento y cuidado de los verdes habitantes de nuestros jardines, balcones y terrazas. También acepta donaciones de plantas, cuenta con un invernadero y ofrece cursos de jardinería y ecología.
¿Cuándo abrirán uno en Ventas?

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