Periodistas avezados y vecinas ociosas sostienen que los seguidores del parkour ya se han reproducido en Madrid. Basan su afirmación en la visión fugaz de un grupo de chicos saltando escaleras, reptando por paredes y volando entre cornisas. Desde que el rumor me alcanzó, salgo con la cámara de fotos en el bolso y la mirada atenta a movimientos que rehúyan el letargo de cocodrilo instalado cada agosto en esta ciudad.
Todavía no logré toparme con estas gacelas humanas o traceurs, como se denomina a quienes practican esta clase de acrobacias y piruetas en el paisaje urbano, pero las fierecillas madrileñas me encontrarán preparada:

El parkour nació en Francia (como habrán notado con tanto galicismo) de la mano de David Belle, un joven estudiante de Evry influenciado por las dotes gimnásticas de su padre que un buen día, hace poco más de una década, decidió entrenar con rigor de bailarina rusa para convertirse en el pájaro más veloz del cemento.
Las hazañas de Belle fueron captando la atención de otros jóvenes ajenos al vértigo y pronto se crearon reglas y se definieron técnicas de entrenamiento y niveles de desempeño. Belle se convirtió en maestro y en celebridad local. Reina en los videos que circulan por internet y se habla de alumnos espontáneos dando brincos en diversas ciudades del mundo (son fácilmente identificables por el gran número de moretones y magulladuras que ostentan).
De entre los primeros colegas de Belle se escindió un grupo autodenominado Yamakasi (espíritu fuerte, cuerpo fuerte, hombre fuerte), protagonista de la película del mismo nombre, co-escrita y producida por el cineasta Luc Besson y devenida obra de culto y referencia para los traceurs.
Belle también anuncia proyecto cinematográfico, mientras se dedica a formar a un nuevo grupo en Evry y a conceder entrevistas como esta:

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