carta escrita por Napoleóncarta escrita por Napoleóncartadenapoleon.jpgEn mi último viaje por Europa decidí enviar postales de la ciudad a algunos familiares de Argentina. Quería probar si la práctica tan elogiada por algunos viajeros tenía efectivamente tal encanto y también, por qué no, si las pequeñas fotografías en cartulina se las arreglarían para atravesar parte del Viejo Continente, cruzar el Atlántico y sortear las trampas del lento e ineficaz sistema postal argentino.
Lo más curioso de todo fue lo mucho que me costó escribir las postales. No me refiero al llamado “síndrome de la página en blanco”, pues era tal la belleza del lugar y tan auténticas las emociones que en mí despertaba que las palabras me sobraban y peleaban por encontrar hueco en el papel. Hablo de lo difícil que me resultó el acto físico de escribir a mano.
Oxidados por el uso del teclado, mis dedos se enroscaban en torno al bolígrafo en un intento desesperado por darle forma a unas letras que se desparramaban sobre el papel como quejidos de dolor de panza. Vocales y consonantes se hacían tinta mucho después de que mi mente las pensara y, por tanto, quedaban tiradas sin concluir, con trazos desiguales y torpes como los de un dibujo infantil.
¿Qué fue de la redondeada y armoniosa letra de mis años escolares? ¿E incluso de aquella, ya más desprolija y práctica pero aún cadenciosa, de mis apuntes universitarios? Al escribir las postales descubrí que no quedan ni vestigios de la que yo reconocía como Mi Letra. Volver al manuscrito es como andar en bicicleta después de muchos años sin hacerlo: nunca se olvida, pero qué porrazos se lleva una.
Por suerte (sí, consuelo de tontos) no soy la única que a esta altura prefiere enviar emails antes que dejar una nota encima de la mesa y que sólo se plantea escribir a mano en caso de apagón. Somos muchos y este hombre es uno de ellos. Incluso él, tan bondadoso, nos consuela comparándonos con los grandes de la historia que escribían “con fea letra”.
Eso es justo lo que dijo mi hermano cuando recibió mi postal. Le llegó tres semanas más tarde, cuando yo ya estaba de vuelta en mi casa madrileña, le había enviado una crónica y decenas de fotos del viaje por correo electrónico y no hacía más que preguntarle por chat si ya le había llegado la dichosa foto del Coliseo.

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