Mi historia con Mario Benedetti es larga, intensa y mayoritariamente feliz, aunque él no me conozca. Como cualquier lector hacia uno de sus escritores favoritos, al uruguayo me une un hondo sentimiento de agradecimiento por los secretos que me entregó en las horas cautivas y un fuerte sentido de pertenencia, similar al de un hincha por su equipo de fútbol o al de un sentimiental por su barrio de nacimiento.
La literatura de Benedetti me ganó hace ya muchos años por su sencillez. A una edad en que uno cree que el arte debe ser complicado para ser bueno o profundo, encontrar en sus novelas y poemas un sabroso hilván de palabras cotidianas y temas cercanos me pareció la mayor osadía que podía permitirse un escritor.
Con el paso del tiempo entendí que a medida que se madura y se mejora -dos cosas que no siempre van de la mano- se tiende invariablemente al despojamiento de adornos superfluos y abalorios innecesarios. En ese sentido, Benedetti siempre fue un adelantado, un escritor temerario que eligió hablar el lenguaje de la calle y hacer poesía con los grises ecos de la rutina.
El viernes pasado cumplió 87 años. Lo festejó en Montevideo, adonde regresó definitivamente hace un año, después de la muerte de su esposa Luz, con quien pasó largos años viviendo a caballo entre la capital uruguaya y Madrid.

ONOMÁSTICO

Hoy tu tiempo es real / nadie lo inventa
y aunque otros olviden tus festejos
las noches sin amor quedaron lejos
y lejos el pesar que desalienta

tu edad de otras edades se alimenta
no importa lo que digan los espejos
tus ojos todavía no están viejos
y miran / sin mirar / más de la cuenta

tu esperanza ya sabe su tamaño
y por eso no habrá quien la destruya
ya no te sentirás solo ni extraño

vida tuya tendrás y muerte tuya
ha pasado otro año / y otro año
le has ganado a tus sombras / aleluya

M. Benedetti

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