Elenco de Mi fin de semana estuvo acaparado por el teatro. Fui el viernes y ayer, y en ambas ocasiones salí muy conforme con las obras que había visto, dos piezas sencillas pero muy entretenidas y excelentemente interpretadas y dirigidas.
La del viernes fue una comedia en toda regla: Salir del armario, de Francis Weber (La cena de los idiotas), dirigida por José Luis Sáiz y protagonizada por un magistral José Luis Gil (Cuesta en la televisiva “Aquí no hay quien viva”). La trama se centra en un oficinista gris y aburrido que inventa una nueva personalidad para evitar el despido. A partir de allí, su vida y la de quienes lo rodean cambia y el juego permite destapar la doble moral de la sociedad. La obra resulta divertida y permite admirar a un elenco experimentado que se luce en el sutil y difícil arte de hacer reir sin forzar y sin llegar a cansar.
Ayer, en cambio, la obra se aproximó más al drama. Olvida los tambores vuelve al teatro treinta y siete años después de ser escrita por Ana Diosdado (quien por cierto estaba entre el público) y pese a mantenerse como un retrato de los agitados años ’70 por decisión de su director, Víctor Conde, también conserva su frescura y su irreprimible fuerza narrativa. Es la historia de dos parejas jóvenes, y el enfrentamiento entre sus sueños e ideales y la realidad, contada con suma pericia por un grupo de actores muy joven encabezado por Antonio Hortelano y Ana Polvorosa (“Aída”) que se merecen los largos aplausos que reciben tras el exigente final.
En ambos casos imperó el profesionalismo de los actores y el buen ánimo del público. En las dos funciones, también, sonaron varios móviles. Los tonos interrumpieron escenas de risas y de llantos, silencios dramáticos y gags hilarantes. Conté hasta seis interrupciones el viernes y tres el domingo, pese a los ruegos iniciales de apagar o silenciar los teléfonos.
Como escribí al principio, los dos días salí contenta del teatro, aunque también pensativa. No entiendo por qué, como sociedad, avanzamos tanto en algunos aspectos y en otros nos empeñamos en comportarnos de una manera tan grosera e irrespetuosa. La mala educación últimamente me trae de cabeza.

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