Los japoneses que son fanáticos de algo alcanzan un grado de fanatismo pocas veces visto y son aficionados a escoger piezas de la más honda tradición local (entendiendo por local cualquier lugar del mundo fuera de Japón, cuanto más lejano y distinto mejor) para convertirlas en objeto de su deseo, empeño y entusiasmo. Así, no es extraño verlos aprendiendo tangoEl toro de Osburne en las academias de Buenos Aires o agitando brazos y piernas al ritmo de una sevillana en Andalucía.
Pero algunos llegan más lejos y se plantean desafíos tan difíciles de acometer con éxito como dar la vuelta al mundo en monopatín o introducir a Tom Cruise en el estudio de la cábala. Es el caso de Taira Nono (Tokio, 1973), radicado en España desde hace una década con el único objetivo de convertirse en torero.
Nono debutó como matador en 1999 y poco después se radicó en Huelva, donde asiste a la escuela taurina y espera que algún apoderado (señores que abren las puertas del paraíso torero) se fije en él y le dé su apoyo para hacerse un lugar en el altar de estos adoradísimos ídolos españoles.
Allí acaba de casarse con una compatriota, ambos en kimono pero con festejo en la plaza de toros de La Merced.
Aunque aparentemente no es el primer torero japonés, Nono sí es el único que está en activo y tal vez el que más esfuerzos ha hecho para ganarse esa etiqueta que para muchos es un título de honor y para otros, entre los que me incluyo, es un resabio de cierto pasado de tradiciones que ya no tiene sentido mantener ni honrar*.

* Y aclaro que la misma opinión me merecen las riñas de gallos, perros o caballos.

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