Cuando has vivido toda tu vida en un hemisferio y un buen día te mudas al otro sufres una extraña forma de amnesia selectiva y un pertinaz despiste temporal. Ambas patologías -nada graves por cierto, aunque fuentes frecuentes de diversos traspiés, olvidos y arrepentimientos- son derivadas de haberle dado la vuelta al calendario como si se tratara de un sencillo reloj de arena.
Una vez cabeza abajo, uno da por descontado que todo lo que somos, sabemos y pensamos asumirá el cambio y tomará el nuevo rumbo en forma natural. Es entonces cuando comprueba que hay ciertas cosas que se resisten a la lógica e incluso a la ley de la gravedad y,  en lugar de reacomodarse, optan por soltar amarras y volar libremente sin responder a ningún tipo de reglas ni tácticas.
Es el caso de las las fechas señaladas. Conmemoraciones, días patrios, aniversarios y cumpleaños que antes recordábamos, festejábamos y felicitábamos como buenos alumnos forman parte ahora de una opaca nebulosa que no logramos atar a la memoria o se dedican a saltar por el almanaque sin ton ni son.
Algunas cosas no se celebran en la misma fecha, como el día del padre o de la madre, y otras no tienen sentido en el nuevo destino porque son históricas o simplemente no se les da importancia, como el día del amigo, célebre en Argentina e inexistente en España.
Pero otros festejos y eventos, que no cambian de día en ninguna parte del mundo, te pillan desprevenido y confundido porque se han divorciado del clima y del ciclo laboral y escolar y aparecen cuando menos te lo esperas, sin previo anuncio y como desencajados de su antes habitual entorno.
Es algo difícil de explicar si no lo has vivido, pero les aseguro que aunque pasen los años quienes venimos de la mitad sur del planeta no logramos acostumbrarnos a la idea de irnos de vacaciones de verano en medio del año, festejar la Nochebuena con bufanda como en las películas, volver al trabajo después de brindar por el nuevo año y realizar cursos y estudios de septiembre a septiembre. Y supongo que a los del norte les sucedería algo similar si migraran hacia abajo y tuvieran que reordenar las piezas sobre un nuevo tablero temporal.
Así que la próxima vez que me excuse o nunca llame (esto va para los de allá) o ponga cara de poco entusiasmo y parezca perdida en el desierto en medio de un sarao (les toca a los de aquí) ya lo saben: el calendario se me dio vuelta y no encuentro manera de enderezarlo. Por eso, para mí, todo el año es carnaval.

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