Productos argentinos en MadridLa diversidad nos enriquece, nos obliga a reflexionar y a elegir, nos educa social y cívicamente, amplía nuestro campo de miras y -curiosamente- nos reafirma en nuestra propia individualidad. Pero no todos parecen entenderlo así y hay quienes se afanan en luchas necias por preservar murallas invisibles que los mantienen (creen ellos) a resguardo de la confrontación con lo que es diferente y por tanto entraña un desafío a la comodidad de lo conocido y a la seguridad de lo uniforme.
Irse o llegar implica, para ambas partes, iniciar un proceso de adaptación que está íntimamente ligado a la comprensión y al respeto mutuo. Siempre el que arriba debe conceder un poco más que el que acoge. Como cuando se visita una casa en calidad de huésped, el inmigrante se atiene a las leyes del país de acogida, se integra a su vida cultural y social y asume poco a poco muchos de sus hábitos y costumbres. Es un proceso natural y progresivo. Es inevitable que también el nuevo, el extraño, aporte a ese nuevo hogar algunos de sus usos y su particular visión del mundo.
Este proceso adaptativo suele ser fuente frecuente de roces e incluso de choques entre ambas partes, generalmente motivados por la resistencia de quienes sienten atacada su identidad o menoscabadas sus prerrogativas ante la llegada de extranjeros. Le ha sucedido a  todos los pueblos del mundo con sus respectivos procesos migratorios.
Tras una larga tradición como país de emigrados, España está en este momento histórico del lado de las naciones receptoras. La inmigración es hoy el petróleo que mueve su economía. La peculiaridad del caso español es que lleva poquísimos años en esta situación y ya lidera la lista de países con mayor porcentaje de extranjeros (10 por ciento de la población), lo que ha llevado a que se hable de un boom migratorio.
Un fenómeno tan rotundo y veloz obliga a una adaptación tremenda que pocas sociedades pueden encajar bien. Teniendo en cuenta esa velocidad y el tamaño del flujo migratorio, las cosas marchan en forma más que aceptable. Aunque en los últimos días el deleznable ataque de un joven a una menor ecuatoriana en Barcelona ha reactivado el debate sobre discriminación, el clima general que se vive en España es pacífico y respetuoso, y la mayoría de los españoles han reaccionado a estas noticias con indignación y tristeza.
Puede que haya más gente aquí que, sin llegar a tales extremos de xenofobia y violencia, piense en su fuero íntimo (y refunfuñe sólo entre los suyos) que los inmigrantes representan un ataque directo a su forma de vida. Contra esto no se puede luchar más que con educación (además de estudiar historia y economía yo los mandaría a viajar un poco por el mundo) y con una justicia sólida y clara que se haga cumplir. Y con una sociedad -que hacemos todos- en la que impere la libertad y el respeto y que no deje hueco para la permisividad ante estos comportamientos

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