Desde sus inicios la humanidad ha producido sujetos que destacan del resto por su espíritu aventurero y su afán explorador. Son personas que ven el mundo como un bosque encantado repleto de misterios y secretos parajes de ensueño que nadie ha visitado y no dudan en colgarse la mochila y encabezar la marcha. Seres que eligen el riesgo y la novedad como alimento cotidiano y para quienes la seguridad del grupo y la placidez de una vida rutinaria y ordenada tienen el color de los cielos encapotados, el sonido chirriante de los grilletes y el peso oprimente de un atado de adoquines.
Ellos (y en menor medida, ellas) han sido los autores de los grandes descubrimientos, los protagonistas de las hazañas más increíbles y los responsables de las gestas más llamativas. Han abierto caminos, mostrado nuevas salidas, llevado la teoría a la práctica, ampliado nuestros conocimientos y replanteado nuestras ideas. Sin embargo, más allá de estos logros, hay otros dos factores que me fascinan de estos extravagantes personajes. 
En primer lugar está la identidad real del enemigo al que se enfrentan. Aunque los veamos luchar por conquistar una cima de montaña con temperaturas polares, zambullirse a pulmón en los inexpugnables fondos marinos o subirse a los aparatos más extraños para emular a los pájaros, la verdadera bestia que intentan dominar no está afuera sino adentro de cada uno de ellos. Los retos que se plantean por pura vocación se sirven de las dificultades intrínsecas a los elementos exteriores extremos (el clima, el paisaje, la geografía) para desafiar los propios límites, los del cuerpo y los del carácter, la voluntad y el temple, aún más difíciles de asir y de moldear que los otros. La aventura externa es el medio para emprender la aventura interna hacia lo que hay de desconocido, o de incontrolable, en uno mismo.
El segundo punto que me llama la atención es el difícil camino de retorno a la “normalidad” que tienen estas alocadas aventuras. Al igual que lo que sucede con quien se hace famoso de la noche a la mañana pero pasado un tiempo de esplendor se vuelve a disolver en el anonimato y ya no sabe cómo vivir sin que le hagan fotos por la calle y reclamen su presencia en cuanta fiesta se organice, el que rompe con todo y se sube al tren de la aventura, cuando regresa al hogar, y tras los primeros baños calientes y noches abrigadas que saben a gloria, no logra aquietar las aguas de su ánimo ni acallar una inquietud que, como un zumbido, le impide disfrutar de la calma recuperada. Enseguida comienza, pues, a planificar una nueva hazaña, ansioso por retomar las horas de zozobra y el aroma del peligro, incapaz ya de vivir de otra manera.

Uruguay por el mundo, Mongolia e India

Ahora mismo, cuando parece estar todo inventado y explorado, siguen existiendo inquietos soñadores que se proponen renovadas e ingeniosas pruebas. Como el uruguayo que junto a sus dos hijos recorre el planeta en una Mehari, o los disímiles participantes del recién finalizado Rally a Mongolia.Rickshaw Run 2006
Justamente los organizadores de la increíble carrera anual hacia Ulán Bator, The Adventurists, están ultimando los detalles para la próxima Rickshaw Run, que se desarrollará en India junto con el nacimiento del nuevo año y contará con la participación de casi setenta intrépidos llegados de todo el globo.
Esta carrera bianual (la otra edición se realiza en verano) tiene pocas o casi ninguna regla y una ruta cuyo recorrido cambia cada vez para mantener el nivel de dificultad y asegurar la igualdad de condiciones al salir de la meta. El único requisito inamovible es que todos los participantes viajen a bordo de los llamados rickshaws indios, precarios vehículos de tres ruedas con cabina y 150 centímetros cúbicos de potencia.
Entre los inscritos hay tres equipos españoles: el que forman Kiko y Pelayo, de Chicken Run; Laura, Suzi y Maurice, con la bandera de The Rickshawshamp Redemption, y la dupla integrada por Deivit y Blon, de Spanish Bullgighters, quienes hicieron el Rally a Mongolia en 2006 y organizaron la novedosa salida desde Madrid de la edición de este año.
Al igual que el certamen mongol, el Rickshaw Run tiene un trasfondo benéfico, ya que los equipos deben juntar y aportar mil libras cada uno para una causa humanitaria local. También en esta enloquecida travesía india no importa tanto ganar (no hay premio) como llegar y, más aún, vivir dos semanas de sorpresas, contratiempos y adrenalina.

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