Esto no es un diálogo, sino una postal urbana tomada en una tarde lluviosa y fría en Madrid.

El cielo de MadridOcurrió hoy mismo, cuando caminaba bajo mi paragüas de vuelta hacia el trabajo tras la pausa de mediodía. Iba ocupada en evitar los charcos que se habían formado en las baldosas y pensando en mil cosas cuando de repente reparé en una anciana de impermeable blanco que avanzaba con temblorosos pasos de geisha unos cuantos metros por delante de mí. Iba algo encorvada y ladeada hacia la derecha sobre un bastón de metal.
Lo primero que pensé fue que no era la mejor tarde para que una mujer de su edad saliera a dar una vuelta por el barrio a menos que acudiera a una cita médica impostergable. Hoy llovió sin tregua sobre la ciudad y sin embargo ella no llevaba paragüas. Razoné que seguramente con cargar con el bolso, el bastón y todos los achaques de los años ya tenía bastante y que había optado por mantener una mano libre para maniobrar con algo más de soltura.
Entonces la viejecita torció levemente su rumbo y comenzó a acercarse al bordillo de la acera, donde estaba aparcado un Opel Corsa también bastante baqueteado. “Aaaahh -dije para mis adentros- no lleva paragüas porque su paseo será breve: la han venido a recoger en coche, tal vez un hijo o su nieta”.
Para mi asombro, la mujer no rodeó el vehículo para subirse del lado del acompañante, sino que recostó el bastón en el parachoques delantero y con pulso vacilante abrió la puerta del conductor. Luego, con movimientos de cámara lenta tomó nuevamente el palo de metal que hasta entonces la había sostenido y lo introdujo en el coche. Llegada a ese punto (y mientras yo imitaba su ritmo en el andar para no perderme detalle) empezó a girarse de cara a la acera a la vez que se inclinaba para sentarse. Tardó unos dos minutos en completar el movimiento, todavía un par más en acomodarse de frente al volante y otros cuarenta segundos en cerrar la puerta en lo que pareció un esfuerzo agónico. Lo último que vi antes de doblar en la esquina fue como se echaba una breve miraba en el espejito y hacía toser al motor adormilado del Corsa.