foto diario 20 MinutosMadrid palpita a ritmo navideño. Las calles refulgen gracias a magníficos juegos de luces, las tiendas están repletas de clientes, suenan villancicos en todos lados, los restaurantes no dan abasto con las comidas y las cenas de empresas, el gobierno se pone nervioso ante las subidas de precio, las familias y parejas histéricas negocian encuentros y desencuentros. Aunque las actividades oficiales relativas a las fiestas comienzan recién este fin de semana, en la capital española -como en la mayor parte del mundo- hace días que sólo se piensa en preparativos, brindis, vacaciones y regalos. Todos estamos ansiosos por sumarnos a esta bacanal colectiva de despedida de año que hace tiempo perdió su significado religioso.
Lo que también ha variado es la forma de hacer regalos. Tradicionalmente, en España* el presente más importante lo traían los Reyes Magos, mucho más asociados a la cultura local y al catolicismo que el foráneo Papá Noel. Pero han pasado los años y don Claus ya pagó su derecho de piso de inmigrante. Ahora es uno más de la famlia y como tal es esperado y recibido casi con idéntico alborozo que a los tres jinetes de camello (aunque el regalo más “importante” sigue siendo prerrogativa de los monarcas).
¿Acaso hay mejor manera de “entrar” a una casa que cargando regalos? Mal que nos pese, el consumismo tuvo un gran papel en este cambio. Resulta difícil resistirse a su zalamería y esto ha hecho que todos, en mayor o en menor medida y especialmente en estas fechas, hayamos caido rendidos a sus pies. Compramos, gastamos, comemos y bebemos mucho más de lo que deberíamos por salud, decoro y presupuesto.
Lo que hagamos con nuestro cuerpo no hay dieta de enero que no lo cure, pero en el tema de los regalos creo que debemos adoptar una actitud más responsable y práctica. En las empresas, desterrar ya de una vez por todas las tarjetas en papel (poco ecológicas y aún menos apreciadas) y preferir regalos útiles para los clientes en lugar de adornos de escritorio junta-polvo. En la familia, dar presentes que tengan el valor añadido de haber sido pensado y buscados con esmero y que respondan, por tanto, a los gustos y expectativas de quien los recibirá. ¡Y ser imaginativos! Los servicios y las actividades de ocio son una muy buena opción cuando la persona a quien se quiere gratificar lo tiene todo: un día de spa, un bono de masajes, un paseo en helicóptero o en globo, un curso de cocina o de cata de vinos, una escapada de fin de semana o una selección personalizada de música (se puede entregar en un MP3, en un Ipod, en una memoria USB o en un CD, y hacer algo similar con películas o juegos de ordenador), entre otras alternativas. Para los pequeños, los juguetes no tienen contra, pero no es mala idea regalarles también una chequera de “horas de juego con mamá o papá” o algún paquete turístico-lúdico de fin de semana para hacer en familia (“vale por un almuerzo en …. + visita al zoológico” o “vale por una tarde de cine + cena de pizza casera hecha entre todos”) y hacerlos participar de una obra benéfica navideña (puede ser un buen momento para revisar juguetes y ropa y llevar lo que ya no usan a alguna institución).
Y para todos libros, siempre libros.

* En Argentina es justo al revés: los regalos más importantes los trae Papá Noel, se dejan debajo del árbol y se abren a la medianoche. Los Reyes Magos dejan en los zapatos, el 6 de enero por la mañana, algún presente de menor valor.

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