Lentamente, el ascensor desandó los catorce pisos y anunció su llegada a planta baja con un ding dong metálico. Subimos. Cuando estaba a punto de cerrarse la puerta apareció otro vecino con su perro. Todavía “shockeados” por la vieja maleducada (eso fue lo que le respondimos a ella, para los que preguntaron en los comentarios al post anterior, ahora devenido capítulo I) nuestro “buenas tardes” sonó raro, como atragantado y titubeante. El hombre pareció no darse cuenta y respondió con una sonrisa. La mueca nos alivió y empezamos a reirnos. Primero con timidez, después como se hace en un ataque de risa. Ahí sí el vecino se giró y nos miró extrañado. Teníamos que explicarle.

Yo – Ay, perdone, es que recién tuvimos un encuentro con una vecina que también iba con su perro y que no nos dejó subirnos en el ascensor con ella. Dijo que podíamos molestar al animal.
Vecino -¿Una señora rubia de anteojos que mira fijo y va con un perrito pequeño también así clarillo?
Asentimos.
Vecino -Ah, esa está loca. Pero loca (girando un dedo en la sien derecha y abriendo mucho los ojos).
Asentimos.