Con cierta frecuencia recibo correos electrónicos de compatriotas que sueñan con emigrar a España. Es gente que me contacta a través del blog, a la que no conozco personalmente, y que busca consejo para planificar su autoexilio. Generalmente se trata de pedidos encubiertos de trabajo, o al menos de que les eche una mano en este sentido, y siempre, siempre, la historia termina con una persona decepcionada -y muchas veces también enojada- de un lado, el americano. A mí esto me entristece profundamente y como la escritura muchas veces oficia de catarsis, y creo que hacer pública esta situación puede servirle a otros, aquí estoy, aporreando el teclado y saltándome la consigna bloguera de ser breve.
La decisión de emigrar es tremendamente personal y no sigue un patrón único a la hora de establecer motivaciones. La causa más común es el factor económico (otro país ofrece más trabajo y, por ende, un mejor nivel de vida), pero también empujan hacia afuera cuestiones políticas (le sucedió a los argentinos durante la dictadura; le sigue pasando a muchos colombianos, por poner dos ejemplos), de seguridad personal (cuántos argentinos o brasileños nos hartamos de robos y violencia; cuántos colombianos de secuestros y crímenes) y románticas (el amor, por un lado, y el deseo de aventura, por el otro). De nuestras motivaciones dependerá también, más tarde, el balance que saquemos de la experiencia. Si vinimos por unos años para estudiar o para conocer mundo y luego volver, o si estamos aquí trabajando a destajo, sin importarnos compartir vivienda y recortar al máximo caprichos y salidas para enviar dinero cada mes a nuestro país de origen, es más probable que la conclusión sea positiva. Si, en cambio, llegamos creyendo que íbamos a poder hacer valer inmediatamente nuestro curriculum profesional y aptitudes para ocupar una posición similar -o incluso mejor- que en nuestra nación de origen, o si pensamos que nuestras ideas de negocios serían recibidas como el agua en el desierto, es muy posible que la evaluación arroje resultados negativos.

La situación de España

La globalización ha cambiado nuestra visión del mundo de un planeta compartimentado y aislado hacia un inmenso terreno abierto que podemos (y tenemos derecho a) conquistar con la fuerza de nuestro empeño y la perseverancia que da tener los objetivos claros. Esto ha hecho que hoy ningún país se mantenga ajeno al fenómeno migratorio, bien como expulsor o bien como receptor, según hacia qué lado se incline la balanza (siempre móvil y caprichosa) de la riqueza.
España está desde hace unos años en el extremo amable y por tanto es anfitrión de millones de huéspedes atraídos por la cercanía geográfica e histórica (marroquíes, más recientemente ciudadanos de Europa del Este) y por un sentimiento de unidad linguística y cultural (latinoamericanos). La economía española necesitaba de esta inyección de sangre nueva, trabajadora y vigorosa, para seguir alimentando la caldera de su crecimiento. Lo ha demostrado abriendo sus puertas con acuerdos bilaterales de empleo y regularizaciones masivas de inmigrantes.

No más psicólogos ni dentistas

Pero este escenario, ideal para muchos, no es el que esperan -el que sueñan o imaginan a miles de kilómetros- la mayoría de los argentinos que anhelan con emigrar a la “Madre Patria”. Aquí comienza la realidad que me hace aparecer hostil (lo entiendo, a nadie le gusta que le derriben los castillos que ha construido en el aire como asidero para la esperanza): España tiene ya demasiados profesionales. Lo que requiere, casi con la única excepción de médicos, son personas dispuestas a trabajar en el servicio doméstico, en el cuidado a niños y mayores, en la hostelería y restauración, en la construcción (ahora no, que está en plena crisis, pero lo fue hasta hace muy poco y lo volverá a ser en un par de años) y en la agricultura. No digo que sea imposible para los demás, pero sí que es muy difícil y que es vital venirse con algo concreto desde allá que traiga aparejados “los papeles” (o se cuente, como en mi caso y el de muchos, con doble nacionalidad y una de las dos sea europea).
Para los colegas periodistas les cuento que el panorama es aún peor: la profesión está de moda también aquí. Esto provoca que cada año miles de jóvenes salgan con el título bajo el brazo dispuestos a trabajar por poco o nada con tal de tener su oportunidad. Así, los sueldos son muy bajos y las redacciones están llenas de pasantes (aquí se los llama becarios). Para colmo de males, en España funciona casi tanto como allá el acomodo (aquí conocido como enchufe).
Hace un tiempo una chica me decía que pensaba apuntar a un puesto en la administración pública por su experiencia y perfil. Pues bien: aunque siempre hay un pequeño porcentaje de contratos (reservados, como suele suceder en todo el globo, a amigos, colaboradores cercanos y acomodados/enchufados), a la gran mayoría de los cargos públicos (sí, a todos: secretaria de un ministerio, administrativa en una oficina gubernamental, bibliotecario, bombero, agente forestal, maestra escolar, profesor, juez, cardiólogo, celador, etc.) se accede a través de oposiciones, que son concursos públicos de alta exigencia a los que se presentan miles de candidatos por plaza. Y a las oposiciones sólo pueden acceder quienes poseen la nacionalidad española.

Los papeles

Justamente el primer punto a considerar, el más básico e importante, es el de “los papeles”. Es prácticamente imposible hoy en día encontrar trabajo en España sin tener permiso de trabajo y residencia. Por supuesto que hablo de un empleo en condiciones dignas y que esto sucede más en las grandes ciudades que en los pueblos y más en los puestos jerarquizados que en los ubicados en el último peldaño del escalafón profesional. Pero permanecer aquí más allá de los tres meses que dura la visa de turista supone sumergirse en una dimensión paralela en la que resulta casi imposible desde abrirse una cuenta en un banco y adquirir un móvil (celular), hasta conseguir vivienda y trabajo.
Los permisos se tramitan en el país de origen con una oferta concreta de trabajo en España, a través del Consulado. Cualquier otra posibilidad hay que consultarla también allí antes de venirse. Una vez aquí puede que nos encontremos con que debemos regresar para volver a empezar o que ni siquiera nos dejan entrar, ya que en los últimos meses se han extremado -a mi juicio, exagerada e injustamente- los controles migratorios en los aeropuertos.

Un rayo de esperanza

A todas estas cuestiones prácticas se les suman muchas afectivas: es duro estar lejos de la familia y amigos, rehacer toda la red social y laboral, pagar nuevamente para los que ya teníamos un cierto camino andado el universal “derecho de piso” de los recién llegados, enfrentarse a nuevas costumbres y ser “el diferente”. Todo parece negativo, ¿verdad? No lo es, sólo se trata de la cruda realidad -sin máscaras y dejando a un lado los milagrosos, pero muy escasos, golpes de suerte- que deben conocer quienes se enfrentan a una decisión tan fundamental y compleja. Es mejor venir sabiendo lo que hay, porque así se evita cargar con una pesada maleta hecha de fantasías, prejuicios y mentiras que sólo nos hará las veces de lastre y nos llevará años poder soltar para integrarnos y ser felices. Luego, una vez instalados aquí con las cosas bien hechas y dándole tiempo al tiempo, empiezan a salir las flores. Hay muchas variedades, a cual más fragante y colorida: tranquilidad, bienestar general, seguridad, salud y educación públicas de buen nivel, transportes públicos eficientes, menos corrupción, más igualdad, mejor calidad de vida. Para mí son claves, para otros no compensan la lejanía y el peso de la nostalgia.

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