Está claro que, aún con todas las dificultades y esfuerzos que esto suponga, es más fácil explorar el universo que nuestra propia mente. Aún hoy desconocemos el verdadero alcance de sus funciones y capacidades y seguimos sorprendiéndonos de sus excentricidades. Como las que están vinculadas a la memoria, ese “órgano” tan poco rentabilizado por la mayoría de nosotros.
Hace algo más de un año hablé aquí de la sinestesia, un fenómeno que consiste en asociar las impresiones de sentidos diferentes y que, para quienes lo experimentan, suele redundar en una asombrosa capacidad mnésica y también muchas veces poética (imaginen las metáforas que nacen dócilmente gracias a esta peculiar visión asociativa del mundo).
Otra de las rarezas de la memoria es la hipertimesia (del inglés “hyperthymesia”, basado en el término griego “thymesis”: recordar), un síndrome que afecta la memoria autobiográfica y que hace que quienes lo padecen (nunca un verbo me pareció mejor apropiado) recuerdan TODO lo que les sucedió a lo largo de su vida, con abundancia de detalles (fechas, horarios, clima, vestimenta, etc.).
Mucho más cerca del resto de los mortales está la memoria eidética, que no es otra cosa que la llamada memoria fotográfica, mediante la cual se pueden recordar cosas vistas u oídas hasta en sus más mínimos detalles. Aunque la mayoría de los niños manifiestan poseerla y muchos de nosotros aún conservamos algunos atisbos de ella, existen casos -varios de ellos artistas plásticos- en los cuales esta habilidad está sumamente desarrollada. Justamente esta hipertrofia de la memoria eidética es una de las características del síndrome de Savant.
Y cuanto más se estudie, más cosas saldrán a la luz y más nos asombraremos de lo que hay adentro de nosotros mismos.

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