Una de las cosas que más me molesta es el contacto físico involuntario con extraños. A mí no me gusta que me toque gente desconocida en la calle o en el autobús, personas con las que ni siquiera he intercambiado previamente una mirada de complicidad o bienvenida. Y aquí en España eso es frecuente. Lo hacen especialmente las señoras mayores, que no dudan en ponerte una mano sobre la cintura, la espalda o los hombros para pedir paso o te rozan alegremente en los pasillos del supermercado y en las tiendas.
Lo que sucede es que la cercanía física ocasional no está mal vista; ni siquiera se repara en ella. Yo, en cambio, la sufro como coscorrones inmerecidos e inesperados. Necesito la protección de mi burbuja. No soporto percibir pieles, olores y alientos extraños.
En Argentina, hay que decirlo, ese espacio individual se respeta mucho más. Pero es que allí la mayoría de las intromisiones obedecen a malas intenciones, por lo que, paradójicamente, el respeto y la consideración del espacio individual obedecen a la inseguridad y la desconfianza hacia los demás. Aquí, alegres y despreocupados, no dejan de rozarse, chocarse y tocarse. Y yo de lanzar miradas furibundas que -ahora lo veo claramente- nadie entiende.

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