Viernes, nueve y media de la mañana, en el autobús de camino a la biblioteca. Después de un mes y medio de inusual lluvia llevamos dos días de rabioso sol y calor en Madrid. Como las flores al inicio de la primavera, la explosión de piernas, hombros y dedos de los pies al aire nos advierte de que ahora sí, por fin, empieza el verano. Hay jardineros trabajando en las plazas y en los microjardines de las rotondas y  mamás treinteañeras paseando a sus bebés en carritos espaciales de tres ruedas. Detrás de los cristales de un edificio de oficinas veo a un grupo reunido alrededor de una mesa ovalada. Van vestidos con vaqueros y camisa sin corbata, como corresponde al casual day. Su gesto serio y concentrado no me engaña: por dentro celebran estar a un paso del fin de semana y vislumbrar ya, al fondo, la línea de meta de las vacaciones y el horario de verano; ni siquiera se enteran de lo que está hablando el hombre mayor ubicado en la cabecera. Hoy paso de largo a Amy Winehouse, que me acompañó cada día de esta primavera gris ya olvidada, y dejo que Mika me diviera con sus falsetes de diva de discoteca de carretera.
De repente, el autobús se detiene. Aquí no hay parada y el semáforo está en verde. El conductor nos mira por el espejo retrovisor a los cinco pasajeros que quedamos desperdigados por la larga cabina refrigerada. Sonríe y abre las puertas. Todas, la de adelante y la doble del centro. Lentamente se levanta, sube la pequeña valla que hay junto a su asiento, se alisa la camisa arrugada, se echa hacia atrás el pelo del flequillo y sale por la puerta. Lo veo dirigirse silbando a un kiosko pintado de blanco y azul. Es un puesto de lotería. Quién dice que hoy no pueda ser su día.