Me gusta comer y probar cosas nuevas. Gracias a ello con el paso de los años he ido educando y refinando mi paladar. Es paradójico, porque a la par que fui incorporando sabores y texturas (mi lista de “lo que me gusta” crece sin parar) he ido también ampliando mi particular inventario de platos imposibles, aquellos que no quiero (volver a) probar e incluso ni ver servidos ante mí. Fundamentalmente se trata de insectos, vísceras (algunas de la vaca, hechas a la parrilla, se salvan), otras partes “raras” (cabezas, manitas y morro de cerdo, lengua, etc.), animales que caben enteros en el plato (soy así de poco coherente: mientras no vislumbre al animalito puedo masticarlo sin culpa), reptiles y callos/mondongo.
Permanentemente me enfrento a descubrimientos sorprendentes a ambos lados de esta especie de “debe y haber” de mis preferencias gastronómicas. El último fue en una tienda de delicatessen de Jaén y saltó inmediatamente al primer puesto del lado insuperable:

 

Por si lo dudan o no lo ven bien es la lata redonda: crestas de gallo de corral.

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