Me dedico a escribir. Entonces no es extraño que lo haga con todos los dedos, a buen ritmo y sin mirar al teclado. Aprendí a hacerlo en una vieja academia barrial que seguía el método de las Pitman, con un cartón pintado con las teclas en la pared y unas vetustas máquinas de hierro negras a las que no se podía dirigir ni un pestañeo si no se quería recibir un chistido reprobatorio de una profesora fantasma. La facultad me obligó a poner en práctica lo que había malaprendido en aquellas clases de método infernal. Primero con una máquina de escribir eléctrica en la que llené cientos de páginas de trabajos prácticos tirada en la cama o sobre el suelo, luego ya con mi primer ordenador de mesa de pantalla en blanco y negro y sin conexión a internet. Para cuando llegué a la agencia Télam ya dominaba el alfabeto táctil y, lo confieso, llegué a agradecer la impaciencia de aquella profesora de pergamino: no hay nada más práctico que poder olvidar el movimiento de los dedos para concentrarse en las ideas que se van dibujando sobre el fondo negro en búsqueda de la ansiada pirámide imaginaria. Cuando yo empecé a trabajar como periodista todavía no había internet en la redacción y para documentarnos debíamos bajar a la hemeroteca a consultar los archivos en papel (creo que necesito escribirlo para recordarlo). Lo que pasó a partir de allí lo hemos vivido todos, de una u otra forma. Las nuevas tecnologías asomaron la cabeza un día y cuando nos quisimos dar cuenta las teníamos sentadas en el sofá con las piernas arriba de la mesa preguntándonos qué había de cena. Para mí estamos viviendo una revolución histórica. Somos la generación que conoció los dos mundos. Esto supone un valor agregado que debemos saber utilizar y potenciar. Las herramientas no nos asustan porque son sólo eso, utensilios que se aprende a usar y se modifican e interpretan a nuestro gusto y necesidad. El que se resiste a mutar sólo consigue quedarse en tierra.

Toda esta introducción sólo para invitarlos a un juego que mide la velocidad del tipeo. Creo que en alguna época a las “secretarias ejecutivas” le pedían 80 palabras por minuto…¿o mis recuerdos exageran? Yo llego a las 50 en un día como hoy, que no es de los mejores. ¿Ustedes? Para hacer el test pinchar en mi score:

50 words


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