Siempre lo digo: me gusta el cine bien hecho. Ja, pensarán, así cualquiera. Pero es que no hay más vueltas ni recetas complicadas. O bueno, sí existen, pero sólo sirven para distraernos del objetivo final: ver una buena historia, bien contada, creíble y emocionante (sin menoscabar el amplísimo espectro de emociones humanas). Por eso pienso que Clint Eastwood es uno de los mejores directores contemporáneos. Sabe encontrar las historias que vale la pena relatar, sabe dirigir y elegir a los actores (¿habéis notado que en sus películas hay gente mayor? no abuelos, que siempre los hubo, sino personas con arrugas y canas y hombros caídos que trabajan, pasean, hablan, mandan, obedecen, aman, etc.), sabe dónde poner la cámara (los juegos y experimentos de algunos directores me cansan: sólo salen bien ocasionalmente, apenas algunos tienen sentido desde el punto de vista de la historia, la mayoría obedecen a una postura artística artificial y ególatra) y sabe, en definitiva, contarnos una historia de manera sencilla pero profunda, entretenida y sin fisuras.

intercambioCon “El intercambio” (Changeling) lo ha vuelto a hacer. Aunque el protagonismo de Angelina Jolie me sorprendió, y me generó cierta reticencia inicial, finalmente decidí seguir confiando en Eastwood. Y me ha vuelto a premiar. La historia, basada en una real de esas que prueban que la ficción no consigue alcanzarla, por mucho que se esfuerce, es la de una madre que lucha por encontrar a su hijo secuestrado y para ello no duda en enfrentarse a un sistema policial corrupto e ineficiente.

Además de una recreación de época impecable (la película transcurre entre los años 1928 y 1935) y una música exquisita (¡obra también de Eastwood!), “El intercambio” es una demostración de actuaciones extraordinarias delante de la cámara (no sería justo destacar solamente a Jolie, aunque me he reconciliado con ella al menos en su faceta actoral) y de la presencia de un ojo experimentado y respetuoso detrás.

La película es larga pero no le sobra ni un minuto ni una sola escena. Obra de la serenidad y sensibilidad, pero sobre todo del dominio del ritmo cinematográfico que demuestra, una vez más, Eastwood. Buen cine, garantizado.

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