Ya está bien, la voy a bautizar. Será la Teoría de los Temas Recurrentes. Seguramente, si me pusiera a investigar, comprobaría que un físico retraído de un pueblo perdido de Suiza o un sombrío profesor de alguna universidad rural de Estados Unidos ya la han estudiado y hasta le habrán puesto nombre. Pero para mí será, ya para siempre, TTR. Se trata, como ya lo he contado alguna vez, de algo -una teoría, una palabra, una persona, un lugar- cuya existencia desconoces completamente hasta que un día se cruza en tu camino y a partir de entonces, durante un tiempo, no deja de saltar a tu paso, como si alguien te tirara avioncitos de papel hechos de casualidades o hubiera un maestro de ceremonias dirigiendo con cierta mala leche y una clara obsesión el Show de Truman (y tú fueras Truman).

El nuevo caso, el responsable del bautismo oficioso, tiene que ver con Juan Tamariz. Este hombre, sabrosa mezcla de humorista, mago y prestidigitador, forma parte del bagaje cultural español. Todo el mundo lo conoce y, si no lo ha visto en vivo y en directo en algún teatro o sala cultural, al menos ha seguido sus actuaciones en televisión o ha oído hablar de él.  Menos yo.

Durante todos estos años de avituallamiento cultural intensivo Tamariz ysu violín desafinado consiguieron escurrirse de mis sentidos de esponja, dar la vuelta en la esquina justo cuando miraba para ese lado de la calle. Increíble, dicen quienes me rodean y dijeron el martes pasado los amigos (algunos de otros países a los que Tamariz llevó su arte hace años…no sé si nunca recaló en Argentina o yo estaba demasiado ocupada con los Parchís) con los que fui a verlo a la sala Galileo.

Yo también lo pienso ahora, y ahí viene lo de la TTR. Dos días después abrí una revista vieja en el metro y me encontré con una entrevista a Tamariz. Al día siguiente alguien lo mencionó en una conversación. No descarto toparme esta noche con su cara de astrónomo fascinado en la tele o que dentro de poco tenga que entrevistarlo yo misma. Está garantizado, la TTR nunca falla.

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