grantorinoGran Torino es una película pequeña, creíble y sencilla. De factura impecable, pero sin grandes pretensiones. Sólo contar una buena historia, de esas que suceden aquí al lado o más allá y que le afectan a gente corriente. Parece que Clint Eastwoord, su director y protagonista, ha dicho que con ella se despide de la actuación. Y lo que al principio puede parecer extraño, porque no ha elegido una de sus grandes obras para hacerlo sino un filme humilde, de bajo presupuesto y totalmente alejado de las fórmulas para fabricar un éxito de taquilla, en realidad es una confirmación de su manera de ver el cine, y tal vez la vida.

Eastwood es un clásico y un relator de historias. Gran Torino no busca otra cosa y por eso ofrece mucho más (es de esas películas que “crecen” después de verlas, con el paso de los días). Gira en torno a un anciano viudo, racista y malhumorado, que resiste como el último estadounidense blanco en un suburbio de Michigan ocupado por inmigrantes y que se ve involucrado en una lucha entre bandas. Es una película sobre la amistad entre un hombre mayor y un joven muy diferente a él, en la que cada uno aprende algo del otro hasta que surge entre ellos un afecto inesperado y paternal, algo muy parecido, pero con ambos personajes más crecidos, a lo que sucedía en su película Un mundo perfecto.

Además de disfrutar de otra muestra de la maestría de Eastwood en el manejo del ritmo, la posición de la cámara y -sobre todo- la dirección de actores, Gran Torino (rodada en sólo 33 días y como contrapunto a la espléndida y grandilocuente El intercambio) es una reflexión sobre la vejez, sobre la percepción que tienen los demás de quienes ya están instalados en ella y sobre la injusta cortedad de la vida que no se cansa de enseñarnos lecciones hasta el final.

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