Resulta que ese olor a papel viejo que exudan los libros antiguos y que muchos todavía asocian indefectiblemente con la lectura, la infancia, el eco frío y sombrío de las bibliotecas y todo el resto de la mística envolvente que tenían hasta hace muy poco las letras impresas en nuestra cultura (es complicado conjugar ciertos verbos cuando se está en medio de la transición), responde a una sustancia vegetal emparentada con la vainilla. Se llama lignina y es también la responsable del color tostado y la rigidez que tiende a tomar el papel según pasa el tiempo y con los que nacen los cartones. Lo revela, en un regreso magistral, La Petite Claudine.

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