Los habitantes de Madrid (especialmente las) andamos uniformados este verano. Hemos sucumbido al accesorio estrella de la temporada y lo portamos en procesión por las calles, en el metro o los autobuses; apretado bajo el brazo, aguantando el peso y el pegoteo plástico en la piel. Los pocos rebeldes cargan con algún Crepúsculo de la Meyer o con las casi 1.000 páginas de La mano de Fátima (además de las sagas, están de moda los tochos y mucho más las sagas en tocho*). El resto nos miramos de reojo con complicidad de logia nórdica y acechamos, atentos y veloces como depredadores con hambre, en busca de un asiento libre donde poder volver a abrir nuestro Millenium de turno para continuar la lectura.

* O libros-flotador. Ya puede la industria agradecernos el aporte.

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