Ocho años. Ya. Hasta el tercero transcurren a su ritmo, son intensos y difíciles. A partir del cuarto comienzan una carrera frenética por ser más veloces que los anteriores, hasta el punto de que el recuento -obligado, automático, muchas veces absurdo- sólo ocurre cuando alguien pregunta. Entre tanto pasaron muchísimas cosas, más están por pasar.  Y a la vez muchas sensaciones y vivencias se han vuelto habituales, también aquí, mientras las diferencias se van borrando, lenta e imperceptiblemente, como las aristas de las piedras que arrastran las olas. Ocho años del otro lado, que ya es un poco mío.

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