En invierno soy la sombra de la que vive en verano. Con el frío y la falta de luz mi ritmo vital se apacigua, mis músculos no pueden evitar contraerse en un vano intento por conservar el calor interno, mi cuerpo me pide reposo y sosiego y hasta mi ánimo languidece junto con los días. Madrid, afortunadamente, nos reserva frecuentes cielos brillantes y soleados aún con el termómetro a cero. Pero hacia la tarde también su clima se rinde a la evidencia del calendario y la luz cae vencida por la noche sin oponer apenas resistencia, mucho antes de que terminen las obligaciones y las horas activas. Cuando era adolescente, tal vez a tono con mis conflictos de entonces, prefería la grisura invernal a la explosión despreocupada de la época estival. Hoy lo espero como una amante enloquecida, desesperada por aflojar vestiduras y huir del encierro y la introspección, ansiosa por extender el alcance del tiempo que cada vez tiene más prisa.