Situación:

Una mujer corre bajo la lluvia en una ciudad extraña, empujando un cochecito de bebé cubierto por una funda plástica. Está empapada y sin maquillar, con cara de cansancio. Entra en un bar en el que ondea la bandera de su patria lejana. Pide un café  con leche y que le calienten un biberón. Se quita el abrigo chorreante y los pelos pegoteados de la frente. El lugar está regenteado por un compatriota más joven que ella y su mujer, lugareña. Son simpáticos y cercanos y le hacen carantoñas al bebé. A los pocos minutos la chica sale del local y se aleja unos pocos metros. Entonces él aprovecha. Se sienta en la mesa que ocupa la mujer y empieza a hablar en voz baja, susurrante. Suelta una catarata de cumplidos bien sabidos y efectistas. Nunca entendió la carcajada de la mujer, ni su cara de incredulidad.

Pregunta:

¿Por qué (la mayoría) de los hombres argentinos se sienten en la obligación de, al menos, intentarlo? ¿Por qué creen que TIENEN que tirarse el lance, sea como sea?

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