Cada tanto me entra el pánico a morir aplastada por toneladas de basura: la que generamos, sin descanso ni control, los seres humanos. A medida que aumenta el consumismo y el bienestar de nuestra vida burguesa y urbana también lo hacen los desechos que dejamos a nuestro paso y que se van acumulando en un planeta sobrecargado e incapaz de procesarlos, al menos al mismo ritmo con que nosotros los producimos.

Por mucho que me preocupe el tema no me propongo dejar de consumir. No podría mantener esa conducta en el tiempo ni estoy dispuesta a renunciar a determinados placeres por muy pequeños y superficiales que sean. Lo que sí hago es tratar de mantener una conducta mínimamente responsable (y de verdad que es mínima, mínima) o, digamos, colaborativa y respetuosa con el medio ambiente. Así es que desde hace muchos años no arrojo desperdicios ni envases o envoltorios a la calle (ni al agua ni al campo), junto las pilas y las baterías gastadas hasta dar con un lugar donde pueda depositarlas de manera segura, entrego la ropa y los muebles que ya no utilizo a quienes pueden necesitarla, pongo la calefacción a una temperatura razonable, no derrocho agua potable ni comida y, desde que estoy en España, reciclo toda mi basura con rigurosa abnegación.

Muchos aducen que estos gestos sólo son un intento absurdo e hipócrita por acallar nuestra conciencia ecológica, ya que no tienen mayor impacto en el desastre global por su insignificancia y corto alcance. Seguramente tienen razón, pero aún así creo que es más valioso aportar un granito de arena, con la esperanza de que haya otros que arrimen también el suyo, que quedarse mirando el horizonte de brazos cruzados.

Ahora me propongo reducir la cantidad de bolsas de plástico que utilizo. Hace ya un tiempo que no acepto las pequeñitas que suelen dar en las farmacias o en ferreterías y droguerías (lo que compro en esos lugares suele caberme en el bolso) y reutilizo todas las que puedo. Sumado a esto voy a empezar a llevar algunas encima (puse una en el bolso, varias en el coche y un par en el cochecito de mi hija) para no aceptar bolsas nuevas en las compras que hago habitualmente. ¿Conseguiré mantener mi propósito? ¿Alguien más está obsesionado como yo por las bolas de plástico que navegan por nuestros mares y ruedan indemnes por las laderas?