Enrique Meneses es un tipo admirable. No porque tenga 81 años, que no es poco, sino porque con esas ocho décadas a sus espaldas mantiene intactas las ganas de vivir. Y de vivir a su manera, que nunca ha sido acomodada y contemplativa, sino aventurada, apasionada y desafiante. Es uno de los mejores fotoperiodistas de España, gracias a una trayectoria que construyó a base de expediciones arriesgadas por medio mundo en busca de la noticia y de los personajes que la protagonizaban.

Meneses tiene un secreto que lo mantiene aferrado a la vida: la curiosidad. Es un maestro de periodismo (su autobiografía, Hasta aquí hemos llegado, es muy recomendable), pero también, cada día, a cada instante y sin descanso, un alumno aplicado que recibe con entusiasmo los cambios y las novedades de la profesión y del mundo (tiene blog, usa Twitter, Facebook y Skype y lo que haga falta), que defiende y practica el debate, que se vuelca con sus amigos y que riega todo con un ocurrente y ácido sentido del humor que resulta envidiable.

Ayer se presentó en Madrid el documental que la periodista de TVE Georgina Cisquella hizo sobre su vida: “Oxígeno para vivir. Periodismo de la generación Magnum a la 2.0”. El acto se convirtió en un concurrido homenaje a uno de los mejores reporteros de España que, a un archivo vital de película (Cisquella supo verlo cuando lo conoció, en una entrevista que le hizo para Cámara Abierta 2.0), une un presente igual de intenso e interesante.

Meneses es un volcán que se eleva por encima de los achaques que lo intentan sujetar a una silla de ruedas, que ruge con cada bocanada de periodismo y que con su fuego nos enseña a muchos a no decaer y nos impulsa a abrir nuevos caminos para continuar avanzando.

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