Quién no ha estado frente a una mujer espectacular….mente delgada, que sin embargo come en público como un nadador después de una competición o que afirma hacerlo con cierto tono rebelde o de declaración de principios anti-cánones-de-la-industria (“como lo que quiero, pero soy delgada por constitución” o “me encanta comer, jamás hice dieta”, “adoro las hamburguesas y la comida chatarra”). Cada vez son más los casos, especialmente entre modelos y actrices, y de hecho en las entrevistas últimamente se ha puesto de moda referirse a lo que el personaje en cuestión comió durante la charla con el periodista.

Los estadounidenses, que si por algo destacan es por su capacidad para cazar tendencias casi antes de que lo sean (como si las pudieran oler en la brisa de una tarde cualquiera) y bautizarlas de manera ingeniosa, le han puesto nombre a esta actitud. Lo llaman DIPE, documented instance of public eating, algo así como “ejemplo documentado de alimentación en público”.

En un artículo del New York Times se analiza este nuevo fenómeno y sus posibles motivos. Entre otras razones, se cree que las chicas DIPE lo hacen para aparentar normalidad, para contrarrestar la creencia de los demás de que tienen algún trastorno de alimentación o para disimular el problema que efectivamente tienen, porque consideran que alimentarse de manera más “salvaje” (“masculina”, dicen en el texto) es sexy, para mostrarse cercanas, divertidas y relajadas o para pretender que son tan perfectas que no necesitan de dietas y contadores de calorías.

En todos los casos, triste. Y nuevo abono para que ellas, y sobre todo las que vienen y se alimentan de estos modelos, sigan siendo grises y glamurosas esclavas del despotismo de la imagen.