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No me gustan las palabras muertas por muy hermosas que queden amortajadas. No me gustas las palabras que no respiran, que no se mueven. Un texto es un puñetazo en algún sitio, no una descripción objetiva y científica. No me gustan las novelas silenciosas ni los poemas incapaces de volar.

Cuando escribo en este blog, o mis cosas ahora algo atrancadas, dejo que me gobierne un hilo invisible. A veces me llega melancólico, con la canciones vueltas al revés sin motivo aparente; otras, alegre, o peleón como ayer.

Sentir es lo más prohibido en esta sociedad de importantes.

Cuando escucho música sin sentimiento, sin pasión, no veo ni oígo el mar. Entre ese océano y yo hay un muro de contención, un imposible. Me sucede con muchos libros y con muchísimas crónicas periodísticas. Un texto que tiene vida es un texto que sabe de dónde viene y a dónde va y qué es lo quiere contar. Son los dedos los que aprenden a seleccionar palabras y a situarlas en el lugar preciso. Como en un rompecabeza.

Cuando escucho o leo murmullos, frases sin vocales, letanías vagas que se adhieren al paladar, me entra un sueño vertical que me tumba y allí mediomuerto de sopor aguardo la llegada del salvamento celeste. A veces es un sustantivo que despierta, una imagen que regresa de algún viaje demasiado largo o el ladrido del perro de abajo: guau. No importa lo que suene, lo importante es que lo oigas. Si lo oyes es una buena señal: estás vivo y todo lo anterior fue una pesadilla. O un post, que todo puede ser.

Ramón Lobo, en “El sentimiento de las palabras vivas”

(qué lindo aúllas, lobo)