Ayer el tema del día en las redacciones (y en Twitter, donde se convirtió en trending topic a nivel mundial) fue la valiente entrevista que le hizo la periodista de Televisión Española Ana Pastor al presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad.

Escribí sobre esto en lainformacion.com

Mi opinión personal sobre lo sucedido -y dejando de lado las mesiánicas y paranoides declaraciones de Ahmadineyad, que constituyen la noticia a nivel general- es ambivalente. Oscila entre la admiración y la tristeza.

El primer sentimiento lo despierta Pastor en este tenso cara a cara con el líder iraní pero también cada mañana, desde que empezó en “Los desayunos de TVE”, donde hace un despliegue de profesionalidad que no abunda en la televisión. Tampoco su estilo es frecuente últimamente, a pesar de que responde a una técnica tan antigua como la profesión y que se basa, simplemente, en repreguntar, repreguntar y, en cuanto se pueda, repreguntar. Con respeto e insistencia. Sin concesiones.

En realidad no es tan sencillo. Asirse a la respuesta, diseccionarla rápidamente y volver sobre algún punto oscuro dejado en evidencia aunque sea tangencialmente encierra mucho más que rapidez de reacción. Revela una labor de documentación previa a la entrevista para saber hacia dónde apuntar, conocer a fondo al personaje y tener claro cuáles son los datos clave y supone mantener una atentísima escucha de lo que responde el entrevistado (en lugar de distraerse pensando en la siguiente pregunta, en el paso de los minutos o en otras tonterías como les/nos sucede a veces a los entrevistadores).

La tristeza viene por el lado del estado de la profesión. La actitud de Pastor no debería ser una excepción ni merecer tanta atención. Las entrevistas “incómodas” e incisivas tendrían que ser algo corriente y mayoritario. Compañeros, hemos dejado mucho por el camino (y ya sé que hay muchas excusas para ello, algunas tan fuertes como para no encontrar argumentos que las rebatan, y si no ahí están las condiciones de trabajo, la crisis y el desempleo, la extensión del amarillismo en detrimento de la seriedad y la responsabildad profesional, etcétera).

Que nos sirva como recordatorio de lo buenos y útiles que podemos ser. Que sea un aliciente para seguir por la buena senda, o volver a ella, porque es posible, se puede, hay sitio para hacerlo. Y nos gusta, nos hace hinchar el pecho de orgullo, nos reconforta sencillamente hacerlo bien.

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