Las casas en las que he vivido viven para siempre en mí. Cada tanto me doy un paseo por alguna de ellas para ver si todo sigue en orden. Repaso estanterías, la ubicación de los muebles, la disposición de las habitaciones, sus olores y sus claroscuros. Puedo recrear en mi memoria los cuadros que adornaban sus paredes y el ángulo desde el cual, a cada edad, en cada caso, los veía. Pero sobre todo guardo sensaciones. El frío de las baldosas en una, las corrientes de aire en otra, las pisadas sobre la alfombra en aquella, la luz blanca que lo envolvía todo allí o los sonidos de la calle allá. Llevo mi hogar a cuestas. Todos ellos.

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