A mí me encantan las malas palabras. Las uso poco (realmente poco, papá, no te asustes), pero cuando las suelto las cargo de tanto significado e intención que después me quedo más satisfecha y aliviada que un maratonista al cruzar la meta o un submarinista a pulmón al salir del agua.
Y es que en ciertas ocasiones ningún otro término o expresión puede describir mejor a una persona o revelar el exacto alcance de una reacción que una “mala” palabra. El secreto está, justamente, en su oportunismo y también en no abusar de ellas, porque si se utilizan en todo momento cuando de verdad encajan como el zapatito de Cenicienta pierden brillo y valor (además de lo ordinario y cansador que resulta el/la puteadora incontinente).
Por otra parte, me cae muy mal la gente que es pacata con respecto al idioma (los pacatos en general, más bien) y que tacha de su vocabulario algunas palabras como si con eso borrara también la existencia de lo que aquellas describen. Por supuesto que hay maneras más y menos elegantes de insultar, epítetos que no son insultos pero que se utilizan como tales (términos sexistas o que aluden a defectos o características físicas) y también palabrotas groseras y otras más sutiles. Las mejores entre estas últimas son las que se alejan de las frases hechas, las que esconden una puteada certera pero velada e imprevista, nacida de la ocurrencia y de las situaciones más cotidianas.
¿Se te ocurre alguna?

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Links:
Algo sobre la historia de las palabrotas
Fontanarrosa y su defensa de las malas palabras

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