Los días previos a Navidad las tiendas de Madrid están llenas de gente mirando, revolviendo y comprando regalos. Pero la peor semana en cuanto a bullicio y afán consumista es la que queda entre la visita de Papá Noel y la llegada de los Reyes Magos, porque entonces se suman a quienes quieren comprar el tradicional presente de los tres jinetes los miles de decepcionados que necesitan cambiar lo que les trajo el abuelito de pijama rojo. 
Esta conversación tuvo lugar el jueves 27 en un autobús que recorría el Paseo de la Castellana entre dos compañeras de trabajo, ambas treinteañeras. Una, la morena, iba muy arreglada y contenta consigo misma (le habrían regalado dinero), mientras que la otra, rubiona, tenía cara de cansada y llevaba una bolsa de Zara en una mano.

Rubia – Voy a aprovechar a mediodía para ir a descambiarle esto a mi hermana.
Morena – ¿No le gustó?
Rubia – No es eso. Sabes que la pobre ha engordado un poquillo últimamente.
Morena – Vaya.
Rubia – Sí. Como unos diez kilos se ha echado encima la pobre. Así que el vestido, que es monísimo, no le queda.
Morena – A ver, enséñamelo.
Rubia – (Sacando un pequeño vestido negro de la bolsa, también negra) Mira. A que es monísimo. Espero que lo haya en una talla más.
Morena – Pero es muy bonito. Precioso. Vamos, que me encanta, maja. Y además parece bastante caro. Que pena que no le haya gustado.
Rubia – Le queda pequeño.
Morena – (Aún con el vestido en las manos) De veras que es muy bonito. ¡No entiendo cómo no le ha gustado a tu hermana!
Rubia – Si es que está gordita la pobre.
Morena – Mira que no gustarle…

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